Una separación -obligada- de los hijos

Hace unos meses me escribieron para hacerme una consulta. Cómo sabes, y si no te cuento, soy psicóloga y en muchas ocasiones me hacen consultas cuando hay temas que inquietan.

En fin, esta persona me hablaba de una situación que estaba viviendo con su hijo, menor de dos años, había tenido que separarse de él por unos meses mientras salía del país a trabajar fuera.

Por supuesto al regresar, habían muchas cosas cambiadas, las rutinas, los apegos y la sensación de abandono, tanto de mamá como de hijo.

Al final me pidió que hablara un poco del tema, porque estaba segura que habían más personas pasando por esta misma situación.

Lo dejé anotado en mi lista de ideas para abordar, pero al mismo tiempo lo deje pasar porque me cuesta escribir de cosas que no he vivido a pleno. No es que no sepa, pero me gusta hablar también desde lo que me hace sentir y emocionar.

Pues bueno, aquí estoy, quizás no es la misma situación, quizás no es el mismo tiempo. Pero las emociones si que se parecen.

Hace un mes me ingresaron de urgencias por un dolor en la barriga, luego de unas seis horas en emergencia de exámenes de sangre y una ecografía encontraron una piedra, una infección y una vesícula inflamada, decidieron no operar de inmediato, que sé yo por qué, la verdad es que aquí no dicen mucho.

Yo tenía mucho miedo, pero sobretodo mucho miedo por mis peques. Supuse que una noche sin mí no iba a ser tan malo, lo que no me imaginé es que iba a estar en el hospital un total de una semana.

Hablaba con los niños solo cinco o diez minutos al día, por vídeo antes de dormir, quería asegurarles que estaba bien, pero al mismo tiempo no quería llamarles cuando no estaban con su papá y que se ocasionara un drama y con toda la razón.

Los primeros días no sé quién lo llevaba peor, aunque seguro que adivino, era yo, que no paraba de llorar.

Pero de verdad lo más difícil fue llegar a casa.

Martín corrió, me abrazo, y siguió jugando y Miranda se emocionó, pero luego no me presto mayor atención.

En ese momento vi que emocionalmente estaban afectados, aunque no pareciera, y ahí estaba yo, sin poder cargarles o abrazarles como deseaba. Unos días antes había ido un momento al médico y no volví por una semana, por supuesto que estaban afectados.

Esto me lo podía imaginar un poco, Miranda siempre ha tenido dificultades para las despedidas (aquí te lo cuento) así que me podía imaginar que no sería muy fácil el regreso. El no querer separarse de mi, el querer dormir los dos encima de mi por muuucho todas las noches.

Los siguientes días fueron al revés, Miranda estaba súper pendiente, y Martín me ignoraba, también es cierto que cuando pedía algo de mi, eran cosas que no podía hacer. Con las manos apretadas y el corazón arrugado, no me quedaba más que reasegurarles que allí estaba, aunque no pudiera darle exactamente lo que necesitaba.

Creo que lo más importante de esos momentos es recordar que emocionalmente todos en la familia están/estamos afectados, y la necesidad de reconocer y darle cabida a esas emociones.

No se trata, de evitar que sientan algo o llenarles de regalos, eso no evita sentir que hubo miedo, fantasías de abandono o de no volver a ver(nos). Yo las tuve, y soy adulta, grande, con conciencia y raciocinio (la mayoría de las veces) ahora no me puedo imaginar a ellos, a su corta edad, sin saber o entender muy bien que era lo que estaba sucediendo.

Así que si por momentos me evitaban, no sabían si pedirme cosas, o simplemente no querían un abrazo, no es algo personal en contra de mi, es cuestión de darles espacio para reajustarse, para saber que estamos allí, sin tener que amenazar o chantajear solo porque eso nos pueda hacer sentir mejor a nosotros.

Duele, y mucho, por supuesto, yo que soy doña sensibilidad no dejaba de sentirme con las manos atadas, culpable y desplazada, pero esas eran mis emociones, y no podía ni puedo ponerles la carga a ellos de como me siento yo. Yo quería poder abrazar a Martín hasta que se durmiera, pero no podía, quería poder cargar a Miranda, pero tampoco podía. Me dolía saber que quizás se ponían tristes, o lloraban y no podía calmarles.

Creo, que, como (casi) todo en la vida todo es cuestión de tiempo, de darles tiempo a los niños, y sobretodo de darnos tiempo a nosotros, las cosas evolucionan y comienzan a tener más sentido. No puedo decir que todo vuelve a la normalidad, porque cambian muchas cosas a diario, pero se tienen nuevas normalidades, si es que esto tiene sentido.

Si te tuviste que separar de tus hijos por un largo o corto tiempo, y al volver sientes que hay retrocesos, cambios, que ahora no quiere ciertas cosas, o que está irritable, (por ejemplo niños que ya dormían en sus camas y ahora no quieren, o que controlaban esfinteres y ahora hay escapes) comienza por entender que el vinculo de la familia se ha visto afectado, que su rutina ya no es la misma, no significa que es malo, solo que ahora es diferente y hay que adaptarse a las nuevas situaciones, hay que volver a ganar la confianza, de la estabilidad que necesitan.

Que con sus acciones no te están castigando (aunque por supuesto se pueda sentir así o te lo puedan decir otros). Todas las familias son diferentes, todos los niños son diferentes, y todas las personas somos diferentes, por ello, hay que tener paciencia, dar amor y ser constante, y esperar que las cosas tomen su cauce.

Si quieres puedes leer esta entrada de como mejorar la relación con los hijos aquí para tener otras ideas.

Y por supuesto, que si hay mucha desesperación o la sensación de no saber que más hacer, siempre se puede buscar ayuda con profesionales.

Por ahora estoy bien, y ellos también. Aunque tengamos rutinas diferentes. Lo diferente no es malo, es solo eso, diferente, y nos toca adaptarnos a las nuevas situaciones.

 

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